NOCHES DE ISILIEN

La tribu de Tören

1.

- No podemos huir más, Torën, la gente apenas puede moverse. Están demasiado cansados.

Cuando Mardo pronunció aquellas palabras sabía que estaba proponiendo luchar, defenderse de los invasores que arrasaban todo a su paso y, posiblemente, morir haciéndolo.

- No somos rivales. No voy a enviar a mi pueblo a una muerte segura –dijo el líder de la tribu-. Estas personas confían en mí. No les voy a fallar.

Torën se pasó los dedos encallecidos por el espeso bigote adornado con borlas de oro que le caía por ambos lados de la boca.

- Ha de haber otra solución –musitó. Mardo, mucho más joven que su jefe, cabeceó negando lo que estaba escuchando. Si continuaban huyendo los darían caza como a animales. Era preferible caer en combate.

- No duraremos mucho escapando a este ritmo.

- Pronto volverá Càdel… quizás con una solución –dijo con tono apesadumbrado Tören. Después miró hacia atrás, a la explanada donde su pueblo aguardaba como un rebaño de ovejas hambrientas. Los enemigos los alcanzarían en dos o tres días, y aunque su origen celta les llevaría a luchar con furor y valentía, supondría su fin ante el salvaje empuje de los bárbaros de blanca piel y cabellos rubios.

Cuando todos permanecían junto a la hoguera y el silencio recorría el pequeño campamento, volvió Càdel, como si la noche le hubiera devuelto para dar esperanzas a la tribu. Dos guerreros jóvenes celebraron su llegada brindando con hidromiel. Los ojos de Mardo se iluminaron al notar la determinación en los pasos que el recién llegado daba hacia el jefe. Tören, en cambio, permanecía quieto, como una estatua de piedra esculpida al calor de la hoguera.

- ¿Qué nuevas me traes? –preguntó a Càdel cuando estuvo junto a él. El explorador, un hombre de unos 30 años, espesa barba y mirada verde, sacó algo de un bolsillo y se lo ofreció a Tören. El jefe de la tribu lo cogió y lo observó detenidamente. Era una especie de estela con extraños símbolos redondeados que jamás había visto.

- ¿Qué es esto? –preguntó sin variar un ápice su expresión.

- Lo he encontrado cerca de aquí, junto al río.

- ¿Hay algún poblado?

- No, sólo un pequeño montículo con ruinas. Por su aspecto, parece un antiguo asentamiento militar. Muy antiguo.

- ¿Lo podemos utilizar?

- Podría servirnos de defensa. Tenemos que cruzar el Durunno para llegar, pero he localizado un vado una legua abajo.

Tören guardó silencio. Todos los presentes esperaban sus palabras, su decisión. Miró fijamente a Càdel y un atisbo de sonrisa se dibujó bajo su espeso bigote.

- Partiremos al amanecer. Allí lucharemos.

Gritos de alegría se escucharon por todo el improvisado campamento. La noche se llenó de una especie de júbilo desesperado. Un pequeño rayo de esperanza se acababa de abrir para la tribu. Tören dio una palmada a Càdel, que no tardó en retirarse a descansar.

Las ruinas encontradas por Càdel estaban situadas en una pequeña colina que parecía querer entrar en el río. Desde aquella posición se controlaba cualquier intento de cruzar el Durunno y los acercamientos por tierra firme se divisaban a una distancia considerable.

Si se parapetaban bien, podrían repeler al enemigo, había asegurado Mardo. Pero Tören no estaba tan convencido. Aquella situación les haría ganar tiempo, minimizar bajas, pero tarde o temprano sucumbirían. La posición no era lo suficientemente elevada y las ruinas no proporcionaban demasiada ventaja. Tras inspeccionar el terreno, el jefe de la tribu fue a ver a Càdel, que volvía tras pasar unas horas fuera.

- ¿Cómo lo ves? –le preguntó.

- Será complicado.

- ¿Has encontrado alguna escapatoria?

- Un grupo podría cruzar el río hasta el islote, pero aquello es todo maleza y terreno enfangado.

- Tendremos que confiar en que abandonen la lucha cuando se encuentren con dificultades.

- Lo dudo. Nunca se rinden –dijo Càdel con frialdad-. De todos modos, hay algo extraño en estas tierras.

- ¿También lo has notado? –preguntó Tören-. Pensé que sólo eran sensaciones de un viejo. Esa estela…

- Sí. Yo tampoco he visto nada igual.

Poco antes de que saliera el sol, Càdel ya había vuelto al islote. El explorador no había sido completamente honesto con su jefe, pues en la isla había encontrado algo más que maleza y fango. Tras un grupo de sauces, escondida entre la vegetación, se hallaba una cabaña desvencijada en la que había utensilios de cocina usados recientemente. Cuando Càdel entró, tal y como había hecho el día anterior, volvió a encontrarse con que no había nadie. Todo estaba igual. Inspeccionó nuevamente, esta vez más a fondo. Allí había algo que no concordaba. Entonces dio con un arcón que estaba entreabierto. Levantó la tapadera y se encontró con una fría opacidad. No había nada, sólo un agujero que le recibió con una bocanada de aire. Cuando sus ojos se acostumbraron, vio la escalera tallada en la piedra que descendía hacia una mayor negrura.

Càdel encontró cerca del arcón una antorcha, que encendió con una yesca. Se introdujo en el falso arcón y bajó las escaleras. Notó cómo la humedad reinante le traspasaba la ropa. Sintió frío, pero en ningún momento miedo. Su tribu no se podía permitir sentir temor alguno. Unos minutos más tarde llegó a una cavidad mayor. Estaba en una cueva, posiblemente horadada por las aguas del río. Continuó caminando por una especie de sendero hasta que se topó con una estancia mayor. Sólo escuchaba el sonido de las gotas de agua al caer. Se le erizó el vello de la nuca y desenvainó su espada.

Entonces vio el humo. Al fondo alguien había hecho una hoguera. Se acercó con cautela, aferrando con fuerza su acero. En esos momentos, su pueblo ya estaría batiéndose contra sus enemigos.

- Bienvenido, celta –dijo una suave voz femenina-. ¿Has traído la estela?

Càdel se sorprendió de escuchar a una mujer, pero cuando la vio, sus ojos se abrieron de par en par. Era tan hermosa que parecía iluminar la cueva.

- ¿Quién eres? –preguntó el explorador.

- Alguien que necesitabas encontrar.

El ataque llegó con las primeras luces del día. Los bárbaros de pelo rubio lanzaron su ofensiva como si el terreno fuera totalmente llano. No tenían miedo a morir y así lo demostraron desde la primera acometida, repelida con relativa facilidad por la tribu de Tören, que dirigía a sus hombres tras los restos de lo que parecía una vieja muralla.

Después de los escarceos de inicio, surgió entre los celtas una repentina euforia, pues veían la posibilidad de detener a las hordas del Norte. Pero Tören sabía que aquello sólo era el principio. Ya apenas quedaban antiguos guerreros que supieran cómo funcionaba todo aquello realmente. Y el viejo jefe era uno de ellos. Estaba seguro de que la tarde sería mucho más dura. La ofensiva sería mayor y sufrirían las primeras bajas importantes. Càdel tenía razón. Las opciones eran muy escasas. Pero, ¿dónde estaba el explorador? Era uno de las mejores espadas que tenía y no le veía desde la noche anterior.

 

 

2.

Sus ojos eran castaños, tan profundos como dos pozos sin fondo, y Càdel apenas podía apartar su mirada de ellos. La mujer había dicho llamarse Isilien y, al parecer, vivía en aquellas tierras desde que era una niña.

- ¿Quiénes habitaban esa colina antes? –preguntó con voz entrecortada.

- Gentes sabias. Un pueblo que conocía perfectamente los deseos de la madre tierra.

- ¿Y qué acabó con ellos?

- Nada. Estuvieron poco tiempo. Luego se marcharon.

- ¿Por qué?

- ¿Por qué no? Dejaron su legado y viajaron hacia otros lugares.

- ¿Y cuál es su legado? –preguntó Càdel sin terminar de comprender a la mujer.

- Yo soy su legado. Tú lo serás. Estas tierras… tu pueblo. Habéis llegado cuando debíais y aquí os quedaréis.

- ¿Por qué dices eso? Los bárbaros no tardarán mucho en masacrarnos. Y debo volver para ayudar en la batalla.

- Te equivocas. Tu sitio está aquí, en esta cueva. Trae la estela.

Isilien caminó hacia un arco natural que se formaba en una de las paredes y Càdel pensó que flotaba. Su manera de moverse, de hablar, hacían de ella un ser casi etéreo. El explorador tuvo que morderse los labios para asegurarse de que aquello no era una ensoñación.

- Es por aquí –dijo la joven. Cuando Càdel cruzó el arco supo que, quizás, ella tenía razón. Una enorme pared esculpida con los mismos caracteres que la estela se elevaba ante él.

Como esperaba, el segundo ataque de los bárbaros fue mucho más cruento. Tören vio cómo muchos buenos hombres caían bajo las hachas invasoras y se sintió más viejo que nunca, hastiado de tanta sangre. Pero luchó, como siempre, como si los dioses le poseyeran y se hicieran dueños de sus brazos.

Muchos enemigos cayeron, pero poco a poco perdieron terreno. La primera línea de defensa había desaparecido bajo las botas bárbaras y en la segunda ya no sólo aguardaban guerreros, sino mujeres y hombres que apenas sabían luchar. Eran fieros, de eso no había duda, pero no sería suficiente.

El cielo rugió. Habría tormenta. Entonces, la tierra tembló bajo sus pies. Todos se quedaron paralizados, atacantes y defensores.

“Debes ascender por la pared hasta colocar la estela en la parte superior, bajo el gran sol que todo lo ilumina”, le había dicho Isilien. Y eso había hecho, escalar por la pared, desollándose los dedos hasta alcanzar su destino.

“¿Qué ocurrirá cuando la coloque?”, le había preguntado. Pero ella no había contestado, se había limitado a sonreír pícara, como si aquello fuera un juego de niños. Los primeros segundos, Càdel pensó que todo era la broma de una lugareña, pues no sintió que nada ocurriera. Bajó media pared y saltó al suelo de la cueva.

- ¿Y ahora? –preguntó. Isilien se acercó hasta él y puso su dedo índice en la boca del explorador. Al instante, las inscripciones de la pared comenzaron a moverse como si tuvieran resortes y el suelo de la caverna tembló bajo sus pies- ¿Qué ocurre?

- Nada que no dicte el destino –contestó la joven-. Ahora corre hasta tu gente. Te necesitarán.

Càdel miró a Isilien, se acercó hasta ella, la besó en la mejilla y salió corriendo.

Cuando llegó a la colina, la sorpresa fue mayúscula. Una enorme muralla rodeaba una fortaleza sin techo que se alzaba en lo más alto del terreno. Su tribu luchaba desde los muros con furor, mientras que los bárbaros no sabían cómo aquellos celtas habían obrado tal magia.

Buscó a Tören, que dirigía la defensa desde una atalaya. Éste, al verlo, corrió hasta él para abrazarle.

- Sabía que si no estabas luchando era por alguna razón –le dijo emocionado-. ¿Cómo lo has hecho?

- Pero, ¿qué ha ocurrido? –preguntó el explorador.

- Las murallas aparecieron desde las entrañas de la tierra. Y la fortaleza surgió de la nada. Es como si los dioses hubieran atendido a nuestras plegarias.

- Y lo han hecho… lo han hecho –susurró para sí mismo Càdel.

La batalla se prolongó durante dos días más. Los celtas lucharon como héroes hasta la victoria y su leyenda recorrió los siglos como una de las grandes gestas de la antigüedad. Los nombres de Tören, de Mardo o de Càdel se hicieron míticos, tanto como sus hazañas. Y su estirpe jamás abandonó aquellas tierras junto al Durunno. Las tierras de la tribu de Tören, las tierras de Isilien…

El Ancla

Hoy

Llegó tarde, como casi siempre. El sol ya no calentaba y tuvo que abrigarse. Aún así, era una delicia estar sentado allí, frente a la pradera, como todos los domingos.

Comenzaba a despuntar el verdor puro de la primavera. Aquello le reconfortaba. Odiaba el invierno. Nunca le había ocurrido nada dichoso durante los meses fríos.

Se subió la cremallera de su chaqueta. El viento aún refrescaba. Echo un vistazo al banco bajo el árbol, medio desvencijado, abandonado a su suerte. Y sonrió melancólico. Era su ancla con el pasado y, como tal, allí seguía, aguantando el discurrir del tiempo.

 

Hace seis años

– Hacía mucho que no me traías aquí.

– Me acordé el otro día.

– Jo, qué recuerdos…

– Muchos.

– Y muy buenos –Ella se rio–. ¡Qué tontito te ponías!

– Eso no es verdad.

– ¡Sí que lo es! –volvió a reír–. ¡Vaya ocurrencias tenías!

– Pero logré que salieras conmigo.

– Creo que acepté por pena…

– Da lo mismo. Surtió efecto –Él se acercó a Ella y la besó suavemente, acariciando sus labios con dulzura. Ella cerró los ojos y se sintió dichosa. Cuando los abrió, Él le dio la flor.

– Feliz aniversario –le dijo. Ella sonrió. Nunca lo olvidaba. Siempre había sido muy detallista.

– Seis años…

– Sí, los mejores de mi vida –al decir aquello, Él apoyó su espalda en el respaldo del banco, miró al cielo y sonrió. La quería con toda su alma.

Ella esperó, pero lo que aguardaba, no llegó.

 

Hace tres años

Él rebuscaba en el cajón del escritorio. No encontraba la dichosa factura. De repente, se topó con las fotos. Las cogió y echó un rápido vistazo. Una sonrisa se dibujó en su rostro serio. Se acercó al sofá y se dejó caer. Las comenzó a pasar de una en una, dejando que su memoria se regodeara con cada escena.

Ella entró en el salón.

– Mira lo que he encontrado –Él le dio una foto en la que ambos, mucho más jóvenes, estaban sentados en el banco de la pradera–. Es de aquella primavera. No del día en que nos besamos por primera vez, pero sí de poco después.

Ella cogió la foto, la miró distraída y la dejó sobre la mesa.

– ¿Qué te pasa? –preguntó Él.

– He tenido una falta… –Él abrió los ojos de par en par, dejando caer las fotos–. He comprado el predictor y estoy esperando a ver qué sale.

– Pero…

– Lo sé, debería habértelo dicho antes –Ella dibujó una media sonrisa. Él miró el pequeño artefacto blanco que daría la respuesta. Pasaron unos segundos y ésta fue afirmativa.

Los dos se miraron. Ella sonrió y levantó los hombros. Él no supo qué hacer.

– Vaya… –acertó a decir.

– Bueno, no pongas esa cara. Podía pasar… Y son nueve años juntos.

– Me ha cogido de sorpresa, perdona.

– ¿No quieres tenerlo? –preguntó Ella con gesto serio.

– Eh… No lo sé –contestó Él.

 

Hace doce años

– ¿Por fin te has decidido? –le preguntó su Amigo.

– Sí, de hoy no pasa.

– Ya era hora. Estoy seguro de que le gustas desde hace mucho tiempo.

– Que va. ¿Por qué le iba a gustar alguien como yo?

– ¿Y por qué no?

– No soy guapo.

– No, eres idiota. Anda, vete al árbol que yo le voy a dar el mensaje.

– Gracias, tío.

Él salió corriendo pradera abajo, hasta llegar al banco. De un salto, se subió al árbol. Todo debía salir a la perfección.

Ella leyó la nota: “Hola soñadora. Sé que siempre has querido sentir mariposas revoloteando en tu interior cuando conocieras al amor de tu vida, ¿verdad? Pues ve hacia el árbol que hay en la pradera y las sentirás”.

Cuando llegó al banco guiada por la curiosidad, se encontró un nuevo mensaje. “Siéntate y mira al cielo, porque es allí a donde perteneces”. Obedeció y alzó su mirada. En ese instante, decenas de mariposas tiñeron el cielo de colores y comenzaron a volar a su alrededor. Ella sonrió maravillada. Cuando todas ellas se marcharon, Él saltó del árbol.

– Hola, soy el amor de tu vida.

 

Hace menos de tres años

Ella lloraba. La tristeza y el dolor le embargaban. Él se acercó y la abrazó, pero Ella no necesitaba abrazos. No en ese momento. Se sentía vacía.

Había perdido al bebé. Complicaciones en el cuarto mes. Un desastre. Él había tratado de consolarla. No podía verla sufrir. La amaba demasiado. Y aunque le había costado asimilar que iban a tener un hijo, ya estaba convencido de ello.

Se apresuró hacia la habitación y abrió el cajón de su mesilla de noche. Rebuscó entre la ropa interior y lo sacó. Volvió al salón y se situó frente a Ella.

– Cariño…

Ella alzó la mirada llorosa y vio la caja. La cogió. Cerró los ojos y suspiró. La abrió y vio el anillo rodeado de pequeñas mariposas brillantes.

– ¿Quieres casarte conmigo? –le preguntó él con la más sincera de sus sonrisas.

– No, ahora no es lo que quiero… –contestó ella cerrando la caja.

 

Hace trece años

– Me he enterado de que está por ti –le dijo su Amiga.

– Que va. Si ni se acerca a hablarme.

– Eso es porque le gustas.

– No creo.

– ¿Podrías decirle que vaya contigo al baile?

– ¿A Él?

– Claro, ¿por qué no?

– Porque no ha mostrado ningún interés. Y ya sabes con quién voy. Ya he esperado demasiado.

 

Hace dos años

Él llegó a casa sonriente. Pero Ella lo esperaba con gesto serio.

– ¿Qué ocurre? –preguntó.

– Tengo que decirte algo.

– ¿No me digas que vuelves a tener una falta? Porque eso es una gran noticia. Seguro que esta vez todo sale bien –dijo Él sin pensar.

– No, eso ya no sería una gran noticia… ahora no.

– ¿Entonces?

– Voy a dejarte –dijo ella bajando la mirada.

– ¿Cómo? Pero… ¿por qué? –Él no lo comprendía.

– ¿Sigues sin darte cuenta, verdad?

– ¿De qué?

– De que siempre llegas tarde… Siempre a destiempo.

– ¿Pero qué más da eso? Te quiero más que a nadie en el mundo.

– Lo sé.

 

Un año después

Había pasado una mala noche. Necesitaba despejarse. Comenzó a caminar, amparado por la quietud típica de las mañanas de domingo. Sus pasos le llevaron a la pradera. “Hoy llego antes que nunca”.

Se acercó al banco… o lo que quedaba de él. Se subió y, de un impulso, se encaramó al árbol. Se sentía fresco y, aún así, le costó más de lo esperado. “Estoy viejo”, pensó. Se sentó en la rama y observó el horizonte.

Unos minutos después, escuchó unos pasos acercándose. “Me van a pillar aquí arriba a mis años. Qué vergüenza”. Echó un vistazo con la esperanza de que no fueran allí por él.

Ella acababa de sentarse en el banco. Se había puesto a leer mientras tomaba un café. Su corazón se aceleró. El miedo y la emoción estrujaron su estómago. Estaba tan hermosa como siempre. ¿Por qué estaba allí? ¿Le echaría de menos? ¿Debía decirle algo? ¿Y si la asustaba? No sabía qué hacer. Recordó la ruptura, su rostro decepcionado. Aquella última mirada dolía demasiado… Quizás fuera mejor esperar a que terminara de leer… O llamarla después contándole que la había visto. A lo mejor de ese modo quedaban a tomar algo y…

“Siempre llegas tarde”.

“Siempre a destiempo”.

Aquellas malditas palabras… Pero allí estaba, en su banco, en primavera. Tenía que significar algo. Cogió su teléfono, lo silenció y escribió.

Bip, bip. Tardó un par de minutos en rebuscar en su bolso. Sacó el móvil y leyó el mensaje: “Mira al cielo, porque es allí a donde perteneces”. Alzó su cabeza.

– Hola, siempre seré el amor de tu vida.

– Por fin –dijo Ella sonriendo.

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